Las ciudades continuas continúan

derechos digitales colectivos
10 abril, 2012
Sursiendo

Sursiendo hilos sueltos

Vamos y venimos con pasos presurosos casi sin levantar polvareda porque esos pasos pisan suelos asfaltados… Empezamos este milenio con la mitad de la población mundial viviendo en ciudades. Para 2050 la urbanización alcanzará al 65% de las personas. Las ciudades pueden ser lugares de encuentro y creación inimaginables pero potencialmente también puede ser ¡todo lo contrario! En México, la expansión de las urbes se ha producido en gran medida ocupando territorio ejidal. Es decir, territorio común, alguna vez gestionado por una comunidad. Esta cara de la ocupación territorial tiene una salida aún más complicada. Desde hace más de 60 años la dictadura de la obsolescencia programada deja ¿escondidas? montañas de basura con las que convivimos en todo momento, aunque a veces no las notemos. O será que las publicidades que inundan esos espacios transitados sólo nos cuentan una parte de la historia. La parte que es más cómoda conocer. No necesitemos todas esas cosas que terminarán en rellenos sanitarios, pero la publicidad crea millones de cuentos sobre mundos maravillosos. Cuentos de hadas apenas complejizados.

Las voces que cuentan esas realidades son incontables y las artes muchas veces prefieren contar ese otro lado. Desde las alturas de una ciudad que podría ser cualquier metrópoli en 99 francs, al igual que en el libro, el protagonista se arroja al vacío de la sátira del mundo publicitario y el consumismo. Este es uno de los ejemplos pero como los cuentos encantan (y nos encantan) esta vez queremos compartir uno que nos interrogan sobre nuestra propia esperanza, uno de esos cuentos que son quizás el “último poema de amor a las ciudades, cuando cada vez es más difícil vivirlas como ciudades”.

La ciudad de Leonia se rehace a sí misma todos los días: cada mañana la población se despierta entre sábanas frescas, se lava con jabones recién sacados de su envoltorio, se pone batas flamantes, extrae del refrigerador más perfeccionado latas todavía sin abrir, escuchando los últimos sonsonetes del último modelo de radio.
En las aceras, envueltos en tersas bolsas de plástico, los restos de la Leonia de ayer esperan el carro de la basura. No sólo tubos de dentífrico aplastados, bombillas fundidas, periódicos, envases, materiales de embalaje, sino también calderas, enciclopedias, pianos, servicios de porcelana: más que de las cosas que cada día se fabrican venden compran, la opulencia de Leonia se mide por las cosas que cada día se tiran para ceder su lugar a las nuevas. Tanto que uno se pregunta si la verdadera pasión de Leonia es en realidad, como dicen, gozar de las cosas nuevas y diferentes, y no más bien expulsar, apartar, purgarse de una recurrente impureza. Cierto es que los basureros son acogidos como ángeles y que su tarea de retirar los restos de la existencia de ayer se rodea de un respeto silencioso, como un rito que inspira devoción, o tal vez porque una vez desechadas las cosas, nadie quiere tener que pensar más en ellas.
Dónde se llevan cada día su carga los basureros, nadie lo pregunta: fuera de la ciudad, está claro; pero de año en año la ciudad se expande y los vertederos deben retroceder más lejos; la importancia de los desperdicios aumenta y las pilas se levantan, se estratifican, se despliegan en un perímetro cada vez más vasto. Añádase que cuanto más sobresale Leonia en la fabricación de nuevos materiales, más mejora la sustancia de los detritos, más resisten al tiempo, a las intemperies, a fermentaciones y combustiones. Es una fortaleza de desperdicios indestructibles la que circunda a Leonia, la domina por todos lados como un circo de montaña.
El resultado es éste: que cuantas más cosas expele Leonia, más acumula; las escamas de su pasado se sueldan en una coraza que no se puede quitar; renovándose cada día la ciudad se conserva a sí misma en la única forma definitiva: la de los desperdicios de anteayer y de todos sus días y años y lustros.
Los desperdicios de Leonia poco a poco invadirían el mundo si en el inmenso vertedero no estuvieran presionados, más allá de la ultima cresta, vertederos de otras ciudades que también apartan lejos de sí montañas de desechos. Tal vez el mundo entero, traspasados los confines de Leonia, esté cubierto de cráteres de basuras en ininterrumpida de erupción, cada uno con una metrópoli en el centro. Los límites entre las ciudades extranjeras y enemigas son bastiones infectos donde los detritos de una y otra se apuntalan recíprocamente, se amenazan, se mezclan.

Las ciudades invisibles (Italo Calvino)

 

@SurSiendo